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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica"

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CASA PUBLICADORA BRASILEIRA 

COMENTARIO DE LA LECCIÓN 

I Trimestre de 2008 
"El discipulado" 

Lección 7 

(9 al 16 de Febrero de 2008) 

Preparación para el discipulado 

Dr. Berndt D. Wolter 

Sabemos que nuestras buenas obras no nos salvan. Nada de lo que hacemos puede 
aprovecharse para lograr la salvación. No podemos ser más salvos por guardar más, o 
mejor, los Diez Mandamientos. Tampoco nos perdemos más si guardamos la ley de 
modo relajado, o si directamente no la guardamos. No los que hacemos lo que nos 
salva, sino lo que Dios, el Padre, Dios, el Hijo y el Espíritu Santo han hecho y hacen 
por nosotros. Dicho de un modo más directo, nos salvamos por lo que la Divinidad, en 
la persona de Jesucristo, ha hecho por nosotros. El paganismo se centra en el adora- 
dor, en sus méritos y capacidades; el cristianismo se enfoca en Cristo y sus méritos. 

Si nuestras buenas obras no contribuyen para nuestra salvación ¿entonces para qué 
sirven? Aquí surge la respuesta clásica: Las buenas obras son la evidencia de la sal- 
vación. Buen, si, pero todavía no se explica para qué sirven las obras. ¿Son sólo una 
evidencia? Sería algo sin sentido, querido/a lector/a, si la explicación se limitara sola- 
mente a eso, ¿no lo crees? 

El Versículo para Memorizar de esta semana lo deja bien en claro: "Así alumbre vues- 
tra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen al 
Padre que está en los cielos" (Mateo 5:16). Las buenas obran no sirven para nuestra 
salvación, pero sirven para la salvación de otros. 

Ser la luz en el mundo es ser una luz como lo fue Jesús. ¿Qué significa esto? 

En todas las áreas, incluso en los medios de comunicación, películas, y en la música, 
estamos percibiendo una cierta tendencia a querer mejorar el mundo. Eso no es nue- 
vo; toda estructura política, científica, económica y social posterior a la Edad Media 
siempre ha tenido el objetivo de mejorar el mundo. ¿Sería eso la finalidad de las bue- 
nas obras? ¿Sería esa la finalidad de ser la luz del mundo y la sal de la tierra? ¿Habría 
practicado Jesús las buenas obras para mejorar el mundo? ¿Sería eso lo que se re- 
quiere de un discípulo de Cristo? 

Veamos. "En el mundo estaba, y aunque el mundo fue hecho por Él, el mundo no lo 
reconoció" (Juan 1:10). Jesús advirtió: "En el mundo tendréis aflicción..." (Juan 16:33). 
Desde una perspectiva profética, el mundo será del Señor (Apocalipsis 11:15), aunque 
por ahora, y desde la caída de Adán y Eva la situación es "Y fue lanzado fuera ese 
gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, que engaña a todo el 
mundo" (Apocalipsis 12:9). 



La luz de Jesús consistió en que El se manifestara como "el Cordero de Dios que quita 
el pecado del mundo" (Juan 1 :29). En otras palabras, la Biblia reconoce que este mun- 
do no tiene ya una perspectiva para nosotros, y que tenemos que buscar la Patria de 
arriba (Mateo 6:20). 

Quiero agregar que, a pesar de que Jesús colaboró para hacer del mundo un lugar 
más placentero para vivir para muchas personas, ese no fue su principal objetivo. El 
vino para traer salvación al mundo, vino a rescatar personas para vida eterna y para la 
tierra restaurada, y utilizó cada medio que estaba a su disposición para que las perso- 
nas comprendieran la naturaleza de su reino. 

¿Estamos nosotros con el enfoque correcto? ¿Somos discípulos de Jesús tal como lo 
enseña nuestro Maestro? ¿O estamos inventando un sistema de discipulado que tiene 
objetivos distintos de los de nuestro Maestro? ¿Queremos hacer del mundo un lugar 
mejor, o queremos llevarle salvación? ¿Queremos que las personas se sientan cada 
vez mejor en este mundo o anhelamos decirles que este mundo no tiene nada para 
ofrecernos, que su destrucción es inminente y que sólo hay una salida: el regreso de 
Jesús? La Biblia parece algo más radical en cuanto al discipulado. 

Los discípulos de Cristo son una luz en el mundo, así como Jesús lo fue. En otras pa- 
labras, todo lo que hacemos tiene una función salvífica. Si hay algo que hacemos que 
no tiene la función de salvarme a mi o a alguien mas, ya no es digna de llevarse a ca- 



La designación de los apóstoles 

Jesús respetaba en gran manera los dones de sus discípulos. Como lo afirma el texto 
bíblico, entre los discípulos que lo seguían, escogió a doce para que fueran apóstoles. 

Si tienes muchos amigos y personas que te quieren y respetan, el día en el que tengas 
que levantar algo en tu casa, buscarás para que te ayuden a aquellos que tengan más 
cualidades para la construcción. 

Jesús quería abarcar las estructuras del mundo conocido de aquella época hasta los 
días finales de la Historia con un mensaje. Seguramente, estos escogidos no estaban 
listos para el apostolado, pero Jesús, al caminar con un gran grupo de personas, fue 
observando a aquellos que mejor se adecuarían al apostolado, aquellos que serían 
más abiertos a la instrucción para emprender la misión. 

Seamos francos. Si todavía es posible ser un discípulo del Cristo, sería lógico también 
pensar que El todavía quiere ser nuestro Maestro. Si existe una relación alumno- 
Maestro, mi pregunta en este momento es: ¿Estás aprendiendo del Maestro? ¿Estás 
poniendo en práctica las lecciones que el Maestro ya te ha enseñado, demostrando así 
que quieres aprender más? 

Por ejemplo, ¿cuál/es es/son tu/s don/es espiritual/es? ¿Sabes que puedes tener más 
de uno, no? Si tú sabes cuál/es es/son tu/s don/es, ¿lo/s has desarrollado? ¿Has bus- 
cado información al respecto? ¿Has procurado algún curso o entrenamiento? ¿Los has 
puesto en práctica, para siquiera ir aprendiendo por ensayo/error? ¿Has pedido conse- 



jo a tus líderes espirituales, para que te ayuden en el descubrimiento y aplicación de 
tu/s don/es? 

Hay tres cosas que puedes observar para descubrir tu/s don/es: 

1 . ¿Hay algo que te gusta hacer más que nada? 

2. ¿Valoran o aprecian los demás eso que haces? 

3. ¿Has obtenido resultados del ejercicio de ese/esos don/es? 

Ejemplos: A mi me gusta cantar. He llegado incluso a participar en cuartetos y coros. 
Hoy, ya nadie me pide que cante. Y si lo hiciera, es probable que me pidan que no 
cante más ¡©I ¿Te gusta dar estudios bíblicos? ¿Tienes una buena cantidad de per- 
sonas que quieren que les des estudios bíblicos? ¿La iglesia aprecia tu actividad en tal 
sentido? ¿Tienes de vez en cuando algún candidato que se deciden por Cristo a ser 
bautizados? Si los tres puntos enunciados son satisfechos con una respuesta afirmati- 
va, entonces probablemente tú tengas el don del evangelismo. 

Haz alguna de las muchas pruebas que hay, más allá de las típicas limitaciones de un 
examen humano, para descubrir tus posibles dones espirituales. Ellas te darán al me- 
nos una pista sobre ellos. 

Pero... ¡Atención! Cuando prediqué por primera vez, me sentí completamente fuera de 
lugar. Ninguno se acercó para darme una palabra de apoyo o de aliento al final del cul- 
to. Y tomé la decisión de no predicar nunca más. ¡Menos mal que Dios insistió conmi- 
go y di marcha atrás en mi decisión! Si no hubiera sido así, ¿cómo podría haber des- 
cubierto el don del pastorado y el evangelismo en mí? 

Persevera, experimenta. Practica las diferentes tareas que la iglesia ofrece poco a po- 
co. Al disponerte al servicio, no importa en el área que sea, te irá quedando más claro 
dónde deberías enfocarte. 

El Sermón del Monte. 

Si el Sermón del Monte es la declaración de las características de un discípulo, enton- 
ces, hay mucho que tenemos que aprender, más allá de lo que estamos acostumbra- 
dos a hacer, o sea, asistir a la iglesia tres veces por semana (cuando mucho), y escu- 
char música y sermones. 

¿Logras distinguir en el Sermón del Monte las cualidades exclusivamente vinculadas a 
las relaciones que debe reunir un discípulo? ¿La humildad, la mansedumbre, la pureza 
de corazón, la misericordia, la valentía, etc.? En otras palabras, un discípulo de Cristo 
es un especialista en desarrollar buenas relaciones y pone estas cualidades al servicio 
de los demás, en aquello que su Maestro le ordene. 

No obstante, en el Sermón del Monte Jesús no dijo que deberías estar con 7.5 puntos 
en una escala de 1 a 10. El invita a aquellos que se sientan atraídos por esos princi- 
pios expuestos a que estén dispuestos a permitir que su corazón sea entrenado para 
adquirir y desarrollar esas características para después ponerlas a su servicio. 



La tónica de este Sermón es: Nada sucede desde afuera hacia adentro; todo ocurre al 
revés, de adentro hacia fuera, y es Dios quien realiza eso en nosotros. De nada sirve 
algo que yo fuerzo en mi incorporándolo desde afuera. Pero esto no quiere decir que 
no surgirán luchas y conflictos. 

Un discípulo entiendo, al principio de su peregrinaje con Cristo, que él no sabe donde 
están todos los botones y palancas que desconectan los defectos y cualidades en su 
vida. Lo que quiero decir es que un discípulo no sabe cómo desconectar el miedo y 
conectar la alabanza o el amor; dónde activar la humildad y desactivar el orgullo. Pero 
él sabe Quién puede hacer eso por él. El discípulo sabe que, a lo largo del trayecto, el 
Maestro obrará en él y utilizará todos los medios posibles para que esto ocurra (dones, 
pruebas, bendiciones, etc.). ¿Todavía sigues dispuesto? 

Pero, ¿cómo puede ser más humilde? ¿Cómo ser más puro? ¿Cómo aprender a verter 
las lágrimas sinceras de un corazón arrepentido y anhelante de las bendiciones de 
Dios? ¿Y la mansedumbre? ¿Cómo se hace para adquirirla? 

Tienes que pedírselo a Dios. Insistentemente. Es una lucha en la cual nos negamos a 
nosotros mismos, tomamos nuestra cruz y lo seguimos. ¿Dios entonces se nos pre- 
sentará con todas las características que se describen en el Sermón? ¡Sí! Pero si tú 
pides paciencia, nunca te concederá paciencia, sino oportunidades para ejercitarla. 

Yo pedí paciencia desde lo más profundo de mi corazón, y Él hizo de mí un predicador 
y un evangelista. ¡Cuántas oportunidades tuve! Pedí dominio propio y disciplina perso- 
nal; El me pidió que perdiera peso. Pedí perseverancia y ánimo; Él me mandó al cam- 
po misionero. Pedí mansedumbre y sencillez, y El me dio una familia con dos hijos. 

Te en cuenta la lógica de Dios: ¿Quieres vivir como un discípulo? Escucha el Sermón 
del Monte. ¿Sólo puedes escuchar, sin desear aquellas cualidades para ti mismo? En- 
tonces todavía no eres un discípulo. ¿Deseas esas características para tu vida? Píde- 
las a Dios. ¿Dios las concede? Si, pero Él quiere que te des cuenta si realmente las 
deseas y te confrontará con situaciones en las cuales vacilarás (entonces realmente no 
las deseabas), o avances y quieras más (y Él te concederá más). 

Si tú le pides a Dios un mayor sueldo, puede ser que esto nunca se concrete. Si tú le 
pides un auto Cero Kilómetro, es probable que no lo obtengas. "Pedís y no recibís, 
porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites" (Santiago 4:3). Pero arriésgate a 
pedirle cosas espirituales a Dios, que Él está deseoso de dárselas a quien las pida, ta- 
les como las características mencionadas en el Sermón del Monte o en el Fruto del 
Espíritu (Gálatas 5:22, 23). 

¿Hasta dónde estás dispuesto a ser un cristiano? Se honesto, nadie escuchará tu res- 
puesta a no ser tú mismo y Dios. 

Aprendamos a dar las respuestas que los demás esperan de nosotros. Respondemos, 
pero nuestra mente y corazón ni siquiera son consultados para saber si eso que de- 
seamos es realmente lo que anhelamos para nuestra vida. Respondemos verbalmen- 
te, casi rutinariamente: "¡Por supuesto que quiero ser un discípulo de Jesús!". Puedes, 
a través de una respuesta práctica cotidiana, si eso es lo que realmente quieres. En- 
tonces tendrás una respuesta real y verdadera. 



Instrucciones para una gira misionera 

En el libro The Dynamics of Spiritual Formation, el autor comenta: "¡Cuan alegre es el 
momento de la maternidad, cuando un hijo viene al mundo! ¡Cuántos regalos se reci- 
ben, qué fiesta, qué júbilo! Pero pasados algunos días y luego de algunas noches mal 
dormidas, ¿quién festeja a aquél niño? ¿Quién se involucra real y efectivamente con 
su crecimiento? Sólo algunos pocos..." 

Así también sucede cuando alguien nace de nuevo (Juan 3). ¡Qué alegría el bautismo! 
Pero allí mismo se inicia un trayecto de luchas, descubrimientos, aventuras, correccio- 
nes dolorosas y victorias exultantes. 

¿Cuánta instrucción necesita recibir un recién nacido hasta que se convierte en una 
persona adulta y madura? ¿Y qué decir de un bebé que sistemáticamente se niega a 
crecer y revierte todas las iniciativas para evitar el crecimiento? Todos los seres que 
Dios creó crecen. En su naturaleza no hay nada estático. Todo se transforma, todo es 
dinámico. Es triste que haya quienes no comprendan esta lógica para el reino de Dios 
y el discipulado. 

Jesús preparó a aquellos que estuvieron dispuestos a experimentar una etapa previa 
preliminar en su práctica. Ese fue el plan descripto en Mateo 10. Ellos fueron entrena- 
dos e instruidos con respecto a lo que tenían que hacer, cómo hacerlo, qué decir, 
dónde ir, dónde no ir, cómo comportarse, actitudes que debían conservar en el co- 
razón, peligros a enfrentar y las maneras para superarlos. 

a cabo, qué 



¿Estamos preparados para las batallas, para la oposición típica que debe enfrentar un 
discípulo de Dios? Hay muchos que entran al discipulado como si ingresaran a un par- 
que de diversiones. Y otros se dan cuenta de las luchas que deberán enfrentar y se 
acobardan ante los peligros. 

Leamos el capítulo 10 de Mateo. Acostumbre a llamar a este trozo del Evangelio como 
la prueba del discipulado. Si tú estás dispuesto/a a servir a los demás con los dones 
que Dios te ha dado, en las circunstancias y las previsiones expuestas en Mateo 10, 
entonces estás listo/a para ser un/a discípulo/a. 

La misión de los Setenta 

¡Cuidado con el orgullo que puede surgir por misiones exitosas! Recuerda que discípu- 
lo de Cristo es aquél que sabe que todo viene de sus manos y que cualquier éxito 
puede ser festejado entre humanos, pero que no debe conducir a un corazón a la sufi- 
ciencia propia. 

Recuerdo a un hermano muy exitoso, que muchas veces fue bendecido por Dios. Co- 
menzó a ser admirado por sus hermanos y colegas. Pero después de un período de 
auto suficiencia y descuido en procurar la fuente de toda buena dádiva (aún las espiri- 
tuales), experimentó un rotundo fracaso. 



¿Y qué decir de los hombres y mujeres de Dios que, después de algún tiempo, expe- 
rimentan una caída? 

Una caída nunca aparece de repente. Se va acercando de a poco, imperceptiblemen- 
te, rastreramente, para, repentinamente, hacernos caer como si alguien tirara de la al- 
fombra debajo de nuestros pies. 

Mensaje de aliento para quien ha caído 

El problema de una caída es que Satanás se aprovecha de ella para refregarnos por la 
cara la posibilidad de que Dios ya no nos pueda utilizar. Nos instiga a que cultivemos 
el orgullo, la suficiencia propia, lo que nos induce a la caída. Y cuando caemos, el se 
ríe de nosotros y nos echa en cara lo que hemos hecho. Es claro que quien cae tiene 
su parte de culpa, pero Aquél que extendió los brazos en la cruz tiene la solución para 
la culpa. 

La autoestima queda dañada por la caída, pero no hay nada que Dios no pueda sanar 
o restaurar. Hay salvación y restauración a disposición del discípulo que cae y se arre- 
piente. ¿Recuerdas un caso particular entre los propios discípulos de Jesús? "¡Co-co- 
ro-co-có!" "¡Qui-qui -ri-qui -quí!" Y, días después, "¿Me amas? ¿Me amas? ¿Me amas?" 
(Juan 21:1 5-1 7). 

Más que nadie que yo conozca, Pedro negó escandalosamente a Jesús, y aún así 
hubo restauración para él. 

En nuestro peregrinaje diario con el Maestro, El nos va mostrando aquellas mismas ca- 
racterísticas que pide de sus discípulos. ¡A ese Maestro yo quiero seguir! ¿Tú tam- 
bién? ¿Cueste lo que costare? 

Dr. Berndt D. Wolter 

Profesor de Misiología 

Univ. Adventista de San Pablo - Campus 2 

Traducción: Rolando D. Chuquimia 



RECURSOS ESCUELA SABÁTICA 

Rolando D. Chuquimia - rdchuquimia@ciudad.com. ar 

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